martes, 26 de marzo de 2013


ASI FUE EL VERDADERO 24 DE MARZO DE 1976




En las primeras semanas de 1976, la guerra civil dominaba la escena y el gobierno de María Estela Martínez de Perón era impotente para controlarla.

Ni el oficialismo quería seguir haciéndose cargo de una situación inmanejable ni la oposición quería reemplazarla.

Todos tenían los ojos puestos en las Fuerzas Armadas, para que solucionasen de oficio lo que la dirigencia política no sabía ni podía ni quería resolver.

El 27 de febrero, el comité nacion al de la UCR publicó la siguiente declaración desestabilizadora:

“El país vive una grave emergencia nacional… ante la evidente ineptitud del Poder Ejecutivo para gobernar…

Toda la Nación percibe y presiente que se aproxima la definición de un proceso que por su hondura, vastedad e incomprensible dilación, alcanza su límite” (1).

Desde meses antes, “el general Viola mantenía conversaciones con Balbín y Antonio Tróccoli.

Juan Carlos Pugliese, futuro ministro de Alfonsín, defendía en 1975 la actuación del general Menéndez en Córdoba” (2).

Renombrados dirigentes de la oposición y del propio peronismo confabulaban en reuniones con militares y “hasta sindicalistas como Casildo Herreras iban a verlo a Videla para decirle que, aunque en público no podían declararlo, también ellos consideraban que el gobierno era un desastre, que eran sus amigos y que deberían tenerlos en cuenta después del golpe si finalmente lo llevaban a cabo…Lorenzo Miguel, por su parte, visitaba al almirante Massera… 

Hasta el veterano dirigente radical Ricardo Balbín celebró una reunión secreta con Videla en una casa neutral.

Allí… (Balbín) le espetó sin rodeos:

“General, ¿van a dar el golpe?…

Si van a hacer lo que yo pienso, háganlo lo antes posible; evítenle al país esta lenta agonía.

Yo, como político, no voy a aplaudirlo, pero tampoco pondré piedras en el camino” (3).

El terrorismo sacaba provecho del desbarajuste institucional.

Cometía salvajes asesinatos, mientras la clase política, para no contrariar la opinión popular, proclamaba desembozadamente la necesidad de orden y alababa sin cortapisas a las FF.AA.

Hasta el Partido Comunista, el 12 de marzo, “reiteró su propuesta de formación de un gabinete cívico-militar” (4).

Los días previos al 24 de marzo, los terroristas asesinaron a personalidades de muy alta envergadura, entre ellos el empresario Héctor Minetti, el coronel Héctor Reyes, el sindicalista Adalberto Giménez y, el 15 de marzo, en espectacular atentado explosivo en la playa del edificio Libertador, muere Blas García y resultan heridos 23 personas:
“Verbitsky (Horacio) fue acusado de ser el conductor de ese atentado, durante el proceso promovido por el fiscal Juan Martín Romero Victorica en 1992″. (5)

Los legisladores reconocían el caos y ratificaban su incapacidad de enfrentar la crisis.
El presidente de la Cámara de Diputados, Sánchez Toranzo, afirmaba:

“Doloroso es el precio que pagan los hombres de armas en el cumplimiento de los deberes que la hora les impuso.

Que este sacrificio no sea en vano por la renuencia de la civilidad” (6);

la entonces diputada Nilda Garré (hoy ministra de Inseguridad) denunciaba:

“Las cotidianas desapariciones… y tantos otros hechos similares vienen formando un siniestro rosario de crímenes miserables que se suceden sin que un solo culpable sea identificado”.

El senador radical Eduardo Angeloz, con esa imprecisión tan inherente a su partido de pertenencia arengaba:

“Alguien tiene que dar la orden… alguien tiene que decir basta de sangre en la República Argentina”.

Pero la expresión más clara de lo que la clase política podía dar fue del diputado Molinari:

“¿Qué podemos hacer?

Yo no tengo ninguna clase de respuesta”.

El líder máximo de la UCR, Ricardo Balbín, 48 horas antes del 24 de marzo, afirmó:
 “Hay soluciones, pero yo no las tengo”.

Ello no hizo más que verbalizar lo que se venía haciendo detrás de las cortinas:
instigar a las FF.AA. a tomar la iniciativa.

Respecto de la guerra antisubversiva, suele argumentarse que la solución podía venir no ya por un “golpe”, sino a través de una “salida política”, tanto sea a partir de un juicio político o de nuevas elecciones.

Pero las posibilidades de “juicio político” se hallaban totalmente obstaculizadas (el PJ, que tenía mayoría parlamentaria, no quería “derrocar” abiertamente a la viuda de Perón) y, además, el hecho de pensar en que otro gobierno de jure iba a solucionar el caos terrorista e institucional no dejaba de ser una noble pero ingenua expresión de deseos, desmentida por la experiencia.

Ya habían pasado ininterrumpidamente cinco presidentes de jure (Cámpora, Lastiri, Perón, “Isabelita” y, tras su “licencia”, Luder), sin que ninguno pudiera efectuar una sola condena a ningún guerrillero (por el contrario, fueron amnistiados en mayo de 1973).

Otro slogan de la tan insistente como omnipresente Mentira Oficial es mencionar la cercanía entre la intervención cívico-militar y las elecciones (ante el caos, se había adelantado la fecha en que debían sustanciarse, fijándose el mes de octubre de ese año).

Cabe preguntarse:

¿quiénes eran los candidatos presidenciales del PJ, la UCR y el resto de las fuerzas?
¿Quiénes estaban en campaña?

¿A quiénes beneficiaban las encuestas?

¿Estaba confeccionado el padrón electoral?.

En efecto, no había candidatos ni campaña ni clima electoral, porque nadie quería ir a elecciones y todos, activa o pasivamente, esperaban ansiosos que las FF.AA. reemplazaran de una vez al gobierno decadente.

Como si la guerra civil y el desgobierno fueran poco, los números económicos se desplomaban y la hiperinflación (según informe de FIEL) (7) arrojaba una proyección anual del 17.000% para 1976.

Los días previos al 24 de marzo, las declaraciones de personalidades y las notas de los diarios reflejaban el clima de terror y el desgarrador pedido de cambio de gobierno.

“La Opinión”, a la sazón dirigido por el actual Canciller Héctor Timerman publicaba:
“Un muerto cada cinco horas, una bomba cada tres” (19/03/76).

El 20, el mismo diario informaba:

 “Prácticamente un 90% de los argentinos habla hoy de la proximidad de un golpe de estado”.
Ese día, el dirigente justicialista Jorge Antonio manifestaba:

“Si las FF.AA. vienen para poner orden y estabilidad, bienvenidas sean”.

Francisco Manrique, presidente del Partido Federal (por entonces la tercera fuerza electoral), afirmó:

“Estamos asistiendo al sepelio de un gobierno muerto, al desalojo de una pandilla” (8).
El 21 de marzo, “Clarín” informaba:

“Los legisladores que asistieron al Parlamento se dedicaron a retirar sus pertenencias y algunos solicitaron un adelanto de sus dietas”; el mismo día “La Prensa ” informaba:

 “Hubo 1.358 muertos desde 1973 por acciones terroristas” .

Al día siguiente (22 de marzo), el senador Fernando de la Rúa arremetió:

“Es increíble que la presidente, que proclama su afición a los látigos, ni siquiera desmienta que su ex ministro y principal consejero, López Rega, siga alojado en su quinta madrileña, convertida en aguantadero de un prófugo de la justicia” (9).

El 23, otra vez el diario de Héctor Timerman ”La Opinión” titulaba:

“Una Argentina inerme ante la matanza”, y agregaba:

“Desde el comienzo de marzo hasta ayer, las bandas extremistas asesinaron a 56 personas”; esa fecha, ” La Razón ” redundaba:

 “Es inminente el final.

Todo está dicho”.

Llega el 24 de marzo.

Ante tal desconcierto, la Junta de Comandantes, acompañada y respaldada por toda la ciudadanía y los partidos políticos (incluyendo al PC), debió hacerse cargo de la conducción del país en medio de la guerra civil desatada por las bandas terroristas.
Sin disparar una sola bala, las nuevas autoridades sustituyeron pacíficamente a “Isabelita”.

La consigna no era destruir las instituciones, sino conservarlas; no se pretendía quebrar el “estado de derecho” (como si hubiese uno), sino recomponer el “estado de deshecho”.

El flamante gobierno obtuvo el beneplácito de todos los partidos políticos, los mismos partidos y sectores que hoy pujan por figurar en las demagógicas “marchas de repudio al golpe”.

De las 1.697 intendencias vigentes en la gestión de Videla, solo el 10% eran comandadas por miembros de las FF.AA.; el 90% restante, por civiles repartidos del siguiente modo: el 38% de los intendentes eran personalidades ajenas al ámbito castrense, de reconocida trayectoria en sus respectivas comunas, y el 52% de los municipios era comandado por los partidos tradicionales en el siguiente orden:

“La UCR, con 310 intendentes en el país, secundada por el PJ (partido presuntamente “derrocado”), con 192 intendentes; en tercer lugar se encontraban los demoprogresistas con 109, el MID con 94, Fuerza Federalista Popular con 78, los democristianos con 16 y el izquierdista Partido Intransigente con 4”. (10)

La habilidad de los partidos políticos y sofistas coyunturales en hacerse los distraídos con respecto a las responsabilidades y cargos ocupados en el gobierno de facto ha provocado que las nuevas generaciones crean falsamente que el gobierno del Proceso cayó de un meteorito y se instaló mágicamente en el poder “contrariando la voz del pueblo”.

Tanto la prensa internacional como los diarios más relevantes de la época apoyaban con fervor a las nuevas autoridades. Los siete jueces que en 1985 juzgaron a los comandantes fueron funcionarios judiciales del Proceso, y el fiscal de aquel polémico juicio, el Dr. Julio Strassera, fue nombrado fiscal y luego juez, precisamente, por Videla.

No se conoce ninguna denuncia por “violaciones a los derechos humanos” 
efectuada por estos hombres del derecho durante su desempeño como funcionarios de la “dictadura genocida”.

El redactor del libro Nunca Más y presidente de la Conadep, Ernesto Sábato, almorzaba distendidamente con Videla, lo adulaba en público, apoyó el Mundial 78 y respaldó la guerra de Malvinas.

En la población, el consenso sobre el Proceso no fue fugaz.
Duró varios años.

A pesar de la personalidad fría y poco carismática de Videla, al jugarse el Mundial de Fútbol en 1978, éste acudió a las canchas en seis cotejos, en los cuales fue ovacionado por la multitud.

Cuando la selección nacional se alzó con el título, miles de ciudadanos fueron a festejar, no al Obelisco, sino a la puerta de la Casa de Gobierno, y Videla debió salir al balcón a saludar a la multitud que lo aclamaba.

Sólo al comenzar la década del 80, y ante la crisis del petróleo internacional que mermó el boom del consumo que se estaba viviendo, el malhumor social empezó a vislumbrarse, pero no por las publicitadas “violaciones a los derechos humanos” acaecidas en la guerra antiterrorista, sino por las abruptas oscilaciones que estaba padeciendo el tipo de cambio monetario.

No cabe ninguna duda que el gobierno de facto cometió muchos errores realmente graves en diversas áreas.

Pero de allí a comprar y repetir alegremente la historieta promovida por la propaganda kirchnerista (la cual es a su vez auxiliada por el aplauso de la “oposición”) es un acto de irresponsabilidad historiográfica y de hipocresía política.

Notas:

1) Citado en Responsabilidad Compartida, García Montaño (diario “La Opinión”).
2) Crítica a las Ideas Políticas Argentinas, Juan José Sebreli.
3) De Isabel a Videla, Carlos M. Turolo.
4) Ob. Cit. Juan José Sebreli.
5) Verbitsky de La Habana a la Fundación Ford, Carlos Manuel Acuña.
6) La Mentira Oficial, Nicolás Márquez.
7) La Mentira Oficial, Nicolás Márquez.
8) Los Increíbles Radicales, M. H. Laprida.
9) Ob. Cit. García Montaño, “La Voz del Interior”.
10) diario “La Nación”, 25 marzo 1979.
11) Otros datos fueron obtenidos del libro La Subversión, la Historia Olvidada – AUNAR.

jueves, 28 de febrero de 2013



EL COMBATE DE RIO PUEBLO VIEJO

El 14 de febrero de 1975 se libró el primer combate en los montes tucumanos entre efectivos del Ejército Argentino y del “Ejército Revolucionario del Pueblo” (ERP).

El hecho tuvo lugar en el contexto de la “Operación Independencia”, un conjunto de acciones militares y cívicas ordenadas por la entonces presidente de la Nación María Estela Martínez de Perón para “neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos”, tal el texto del Decreto firmado el 5 de febrero del mismo año.

El Ejército Revolucionario del Pueblo fue creado en 1970 por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) [1], organización de carácter marxista leninista [2] que pretendía la toma del poder y la instauración de la dictadura del proletariado en Argentina como parte de un plan más ambicioso que abarcaba toda la región latinoamericana.
El PRT, inspirado en el triunfo de la Revolución cubana, convencido, a la luz de lo que ocurría en la guerra de Vietnam, del inevitable triunfo del socialismo en el mundo, y entusiasmado por las consecuencias del “Cordobazo” [3] que significó el principio del fin del gobierno de facto del General Juan Carlos Onganía, entendió que las condiciones para el inicio de la guerra revolucionaria en Argentina estaban dadas. 

La creación del ERP fue una consecuencia lógica de ese pensamiento.

La llegada de un gobierno constitucional en mayo de 1973 no fue motivo para que el PRT-ERP abandonara la lucha armada. 

Solamente apreció una diferencia entre la presidencia de Héctor Cámpora que le resultaba propicia para el fortalecimiento de sus unidades y la de Juan Perón que le sería hostil.

Si bien la revolución cubana inspiraba a los jefes de la organización, la metodología revolucionaria empleada en Argentina fue diferente. En Cuba se aplicó la teoría “foquista”. 

Esto es un foco de insurrección armada cuyo centro era el ejército de Fidel Castro que desde sus inicios en Sierra Maestra se fue fortaleciendo para luego avanzar triunfante hasta La Habana. 

El PRT-ERP pensó que en Argentina los focos insurreccionales debían ser numerosos, combinando la agitación política con las acciones armadas tanto de pequeños grupos como de unidades militares más grandes. 

Las ciudades de Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba y Tucumán, y la franja industrial de la costa del Río de la Plata fueron los lugares de mayor actividad del accionar revolucionario.

Desde su creación y hasta el inicio de la Operación Independencia, el ERP ejecutó resonantes operaciones militares como fueron el copamiento del Batallón de Comunicaciones 141 en Córdoba; el ataque al Comando de Sanidad del Ejército en la ciudad de Buenos Aires; el ataque a los cuarteles de Azul, en la provincia de Buenos; la toma de la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos en Villa María, Córdoba y el intento de copamiento del Regimiento de Infantería Aerotransportado 17, en la ciudad de Catamarca, además de un sinnúmero de acciones consideradas menores como el copamiento de localidades, de dependencias policiales, robos, secuestros, asesinatos y atentados.

Pero si bien la organización aplicó en Argentina una metodología revolucionaria que puede considerarse original, la revolución cubana y la guerra de Vietnam siguieron ejerciendo su influjo al punto de intentar emularlas, salvando las distancias, con la apertura de un frente rural en la provincia de Tucumán. 

Había otra razón, El FRIP (Frente Revolucionario Indo Popular), una de las organizaciones que dio lugar a la formación del PRT, tuvo sus orígenes en las provincias de Santiago del Estero, de donde provenía Roberto Santucho, su jefe, y de Tucumán.

El FRIP pensaba que la revolución debía nacer en esas zonas rurales. Posteriormente, con la creación del PRT y su tránsito ideológico al marxismo leninismo, se sostuvo que el sujeto de la revolución, su principal artífice, debía ser el proletario con conciencia de clase [4] de las zonas industriales. 

No obstante ello, la idea de una guerrilla rural formaba parte de los deseos de no pocos dirigentes de ese partido. 

Nació de esa manera la “Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez”, una de las fracciones dependientes del ERP y que operó en la provincia de Tucumán, fundamentalmente al sudoeste de la ciudad de San Miguel de Tucumán, en una zona de cañaverales y monte que se extiende al oeste de la ruta 38 que conduce a Catamarca y sobre la cual se destacan las localidades de Famaillá, Monteros, Concepción y Villa Alberdi.

Esta “compañía” contó con el apoyo que le proporcionaban otros elementos del PRT-ERP que actuaban en la ciudad de Tucumán y con refuerzos que fueron llegando desde otros puntos del país, cuando se hizo necesario cubrir las bajas de combate.
En sus inicios, en febrero de 1974, la “Compañía de Monte” estuvo formada por unos 40 efectivos, cifra que aumentó rápidamente a 70, para llegar en alguna oportunidad a 200.

El primer contingente contó con fusiles FAL obtenidos del copamiento del Batallón de Comunicaciones de Córdoba, “casi un lujo para una guerrilla latinoamericana”. [5]

Ante la presencia guerrillera en la zona, en 1974, el gobierno nacional montó un operativo con efectivos del Ejército y de la Policía Federal que no dio resultados porque el ERP, alertado, se retiró de la zona a marcha forzada. 

Tiempo después regresó para tomar la localidad de Acheral y dar a conocer al resto del país el comienzo de la guerrilla rural.

Tras la muerte de Perón, el PRT apreció un pronunciado deterioro del gobierno nacional muy favorable para el sobre dimensionamiento del ejército revolucionario.

La tarea de reclutamiento y ejercitaciones militares prosiguieron durante el año 1974 pero se vieron afectadas por el fracaso del intento de copamientos del Regimiento de Infantería Aerotransportado 17 de Catamarca, en el mes de agosto. 

Los atacantes pertenecían a la “Compañía de Monte” y en el paraje de Capilla del Rosario sufrieron una decena de bajas lo que provocó su retirada a Tucumán.

No obstante las pérdidas, para febrero de 1975, los efectivos guerrilleros en el monte oscilaban entre los 70 hombres con algunas mujeres (combatientes), sin contar los elementos de apoyo existentes en las localidades próximas y en la ciudad de Tucumán.

La “Operación Independencia” comenzó el 9 de febrero y fue conducida por el General Acdel Vilas, Comandante de la Vta Brigada de Infantería [6]. 

En su inicio tres Fuerzas de Tareas se asentaron en Lules, Santa Lucía y Los Sosa, tres localidades menores ubicadas sobre un eje paralelo al oeste de la ruta 38 en una zona mayormente de cañaverales, donde comienza el monte y el terreno empieza a elevarse. El puesto de comando de la Brigada se instaló en Famaillá.

En Los Sosa se ubicó la Fuerza de Tarea “Chañi” que contaba con dos Equipos de Combate (Unos 60 hombres cada uno) formados con efectivos del Grupo de Artillería de Montaña 5 (GAM 5) y del Regimiento de Infantería de Montaña 20 (RIM 20) respectivamente, ambas unidades provenientes de Jujuy.

A los cinco días de iniciada la operación se produjo el combate de Pueblo Viejo en el cual participé y del cual conservo hasta el día de hoy vivamente sus imágenes.

Los Sosa era un caserío -sin policía- ubicado al oeste de la localidad de Monteros, entre los ríos del mismo nombre y Pueblo Viejo que desde las sierras del Aconquija corren hacia el llano.

El 2 de noviembre de 1974, para “el día de las ánimas”, según la denominación que los pobladores daban al día de los difuntos, la “Compañía de Monte” había desfilado impunemente por el pueblo e izado la bandera del ERP (dos franjas horizontales celeste y blanca con una estrella roja en el medio) dejando en claro la existencia de una vasta “zona liberada” en la provincia.

Cuando la Fuerza de Tarea Chañi llegó a Los Sosa comenzó a hacer patrullajes diarios en los alrededores que tenían el doble propósito de reconocer el lugar y adaptar los soldados, muchos de ellos de la puna, a una nueva geografía.

Paralelamente se realizaron otras actividades como censar la población, controlar las existencias de alimentos imperecederos de los almacenes (probables lugar de aprovisionamiento de la guerrilla) y proporcionar asistencia sanitaria a los lugareños.

La Fuerza de Tarea tenía como Base la escuela del pueblo que resultó estrecha para albergar a sus dos Equipos de Combate e inapropiada desde el punto de vista táctico teniendo en cuenta un eventual ataque nocturno.

Por esa razón se decidió que el Equipo de Combate formado por efectivos del Grupo de Artillería 5 (los artilleros operaban como tropa de infantería) debía realizar un reconocimiento en una zona próxima al Río Pueblo Viejo a fin de establecer una segunda Base.

El día 14 de febrero el Equipo de Combate a órdenes del entonces Capitán Jones Tamayo inició una marcha en camiones por la ruta 38 hasta el sur del Río Pueblo Viejo y luego hacia el oeste hasta donde el terreno lo permitió. 

La marcha prosiguió a pié por una senda en el monte donde los hombres avanzaron encolumnados. Formaban el Equipo dos secciones de unos 30 hombres cada una al mando del Subteniente Arias y del Subteniente Martínez Segón respectivamente.

Agregados íbamos el Teniente 1ro Cáceres y yo que éramos infantes y fuimos enviados desde Buenos Aires para completar los cuadros de la Brigada teniendo en cuenta nuestra experiencia en monte en el curso de “comandos” [7]. También iba el Mayor Bidone, segundo jefe de la Fuerza de Tarea, para interiorizarse del lugar probable donde se instalaría la nueva Base.

El ERP fue insistente en el intento de mostrar a los oficiales del ejército como burgueses (en el sentido peyorativo del término) que mandaban los soldados al frente como “carne de cañón”. 

Una metodología de propaganda íntimamente relacionada con la guerra revolucionaria.

La circunstancia, agravada por que los soldados estaban en un ambiente y en una circunstancia desconocida hasta el momento, exigió una medida muy clara que desvirtuara la versión.

Se decidió que los oficiales y suboficiales entraran al monte a la cabeza de sus respectivas fracciones, es decir un poco más adelante de lo que marca la doctrina. 

La medida tenía una ventaja adicional; al estar el oficial muy adelante no era necesario dar ninguna orden verbal. 

Los soldados actuaban atentos a las señales o por simple imitación. En horas de marcha, el silencio fue casi total a pesar de que eran 60 los hombres que avanzaban por una senda del monte.

Pasado el medio día se llegó a las compuertas del Río Pueblo Viejo. 

El nombre del río hace alusión a las cercanas ruinas de Ibatín, el lugar de la primera fundación de la ciudad de Tucumán.

En las compuertas, Jones nos hizo saber que el camino de regreso sería distinto para evitar una posible emboscada en caso de que el enemigo nos hubiera visto pasar.

Regresamos en dirección oeste este por una senda que bordeaba el río, alejándose del mismo de a ratos, en una zona de monte.

Yo iba como jefe de la punta de infantería, la fracción más adelantada. No era el puesto para un Teniente sino para un Cabo o Cabo 1º pero formaba parte de la decisión que a la mañana se tomó respecto a la ubicación de los cuadros en el orden de marcha.

Mandé como hombre punta al Cabo 1º Orellana, un catamarqueño al que conocía de la Brigada de paracaidistas en Córdoba tres años antes. 

Aparentaba tener menor edad y parecía que recién hubiera salido de la Escuela de Suboficiales, pero yo confiaba en él y no me defraudó.

La senda seguía serpenteando; el río se veía crecido por las tormentas del verano. 

El calor de febrero, y más aún la prudencia, exigían una marcha lenta.

Tuve unos momentos de aprensión al entrar a uno de esos pequeños lugares con que el monte sorprende. 

A la derecha de la senda encontré como un arco natural hecho de vegetación que entraba a un pequeño espacio, una especie de habitación formada por una cortina de árboles y maleza que cubrían también el “techo”. Había menos luz y el suelo estaba muy húmedo. 

Puse la rodilla en el suelo, apresté más aún el fusil y empecé a recorrer lentamente con la vista el lugar esperando no tener ninguna sorpresa. 

No la hubo y proseguimos la marcha hacia el este, hacia la ruta 38.

La senda se bifurcó en otras dos paralelas. 

Eran las cinco de la tarde aproximadamente.

Orellana tomó la derecha y yo la izquierda, más cerca del río. Marchaba con el fusil tomado con las dos manos, como tantas veces se insiste, cuando de repente, a unos 20 metros, vi parado sobre la senda a un guerrillero. 

La sorpresa fue mutua, pude ver la de él en su rostro.

Abrí el fuego y él escapó por unos matorrales. 

Avancé tirando sobre los mismos a la altura de la cintura y más abajo, buscándolo. Sobrepasé a alguien que me disparó con una escopeta. 

Sentí un fuerte golpe y un dolor en la espalda y caí. 

El fusil cayó de mis manos. Hubo una pausa, un silencio, e inmediatamente empezaron los disparos de uno y otro lado.

Orellana también había caído en la otra senda. 

Un disparo de FAL le hizo un surco en la espalda pero sin penetrarlo. 

Un guerrillero se levantó para rematarlo pero se le trabó el arma y volvió a su posición. 

Cuando volvió a asomarse Orellana disparó.

Desde el suelo grité 

¡Cáceres, estoy herido!

Cáceres fue uno de mis instructores en el curso de “comandos”. 

En ese momento no nos llevábamos muy bien y lo tenía como un hombre de carácter difícil. 

No obstante, durante los pocos días que estuvimos en Los Sosa, salíamos juntos de patrulla y fue naciendo una mutua confianza.

Pensé que me rescatarían cuando el ataque progresara pero Cáceres se lanzó solo al lugar donde estaba caído, en un pequeño claro en el monte. 

A pesar del egoísmo de cualquier herido que desea una pronta atención, me pareció que estaba arriesgando demasiado.

Cuando le pregunté ¡

¿qué está haciendo?

! me contestó ¡

quedate tranquilo que ya te saco! 

En ese momento nos dispararon con un FAL, Cáceres profirió un corto quejido y quedó inmóvil. 

Después supe que la bala penetró por el hombro, se desvió en el omóplato y siguió directo al corazón.

No podía moverme y no sentía las piernas. 

Vi un guerrillero adelante que me observó pero no me tiró seguramente para no delatar su posición teniendo en cuenta que en ese momento no era un peligro para él. 

Estaba más atento a lo que ocurría detrás de mí.

El Subteniente Arias estaba desplegando como podía, en la espesura, su sección y comenzaba a avanzar. 

Martínez Segón y sus hombres se tiroteaban a través del rió con una fracción guerrillera más numerosa.

Pensé ¿y si quiere rematarme? 

No podía tomar el fusil sin que se diera cuenta.

Lentamente saqué la granada y luego de activarla se la arrojé. 

Explotó muy cerca de él pero ya estaba muerto. 

Varios disparos de FAL le llegaron antes, eso creo. 

Vi como la sección de Arias me sobrepasaba abriendo fuego desde la cadera. 

Fugazmente pensé:

¡los soldados andan bien! 

Pero volví inmediatamente a mi realidad. 

Estaba inmovilizado, me dolía mucho la espalda y me salía sangre de la boca. 

No sé cuánto tiempo pasó; los disparos proseguían sin interrupción. 

Fui llevado a un puesto de reunión de heridos. 

Allí vi a Arias. 

Estaba parado inmóvil y le salía sangre del cuello. 

Un disparo de escopeta Itaka lo alcanzó pero tuvo la suerte que ningún perdigón penetrara demasiado. 

Todavía alcanzó a hacer unos disparos sobre un guerrillero. 

También estaba Orellana, sentado y algo encorvado. 

Se veía el dolor en su rostro.

El Capitán Jones estaba a nuestro lado tratando de comunicarse con dos helicópteros que se aproximaban. 

Si no me sacan en helicóptero no llego, le dije.

En la radio de Jones, que un disparo de la guerrilla le había cortado la antena y que recibía pero no transmitía, se escuchó nítida la voz de un helicopterista que dijo: 

“¡Si no hay identificación voy a disparar sobre los que están al sur del río!”. 

Los que estábamos al sur éramos nosotros. 

La masa del contingente guerrillero estaba al norte, salvo la fracción adelantada que había cruzado y luego de enfrentarse con muestra punta estaba en retirada con bajas.

Jones no pudo comunicarse y el piloto, Capitán Grandinetti, nos disparó dos cohetes. 

El segundo explotó cerca en el mismo instante en que Jones lograba comunicarse. Sentí nuevamente los disparos del helicóptero pero esta vez sobre el lado norte del río.

Jones se veía relativamente calmo dando órdenes a pesar de la presión que se ejercía sobre él. 

Grandinetti le había tirado dos cohetes; de sus dos Secciones, que seguían combatiendo, llegaban informes y además los heridos lo mirábamos casi permanentemente esperando alguna señal sobre nuestra evacuación.

Solucionada la comunicación con las aeronaves y en retirada el enemigo, se organizó el rescate de los heridos. 

Previamente el Mayor Bidone y el Subteniente Martínez Segón con un grupo de soldados, lograron cruzar el río pero luego de que la correntada los arrastrara muchos metros.

El único lugar donde podía bajar un helicóptero era en el río que, aunque crecido, mostraba un pequeño islote de piedras. 

Los guerrilleros que estaban en la margen norte se habían retirado pero no existía la certeza de que el área estuviera totalmente despejada. 

Un solo guerrillero que hubiera quedado en la otra orilla podría haber dado cuenta de la máquina. Pero Grandinetti bajó lo mismo y nos rescató.

En ese momento no lo supimos pero nos habíamos enfrentado a la totalidad de la “Compañía de Monte” que se estaba yendo de la zona para que el Ejército cayera en el vacío. 

Marchando ellos de norte a sur y nosotros de oeste a este, las posibilidades de que nos encontráramos al mismo tiempo en el cruce de los caminos de marcha eran muy escasas y sin embargo se dio; con tal sorpresa que durante mucho tiempo ambos bandos creyeron que habían sido emboscados por el oponente [8].

La Compañía de Monte” estaba al mando de Hugo Irurzún, nombre de guerra “Capitán Santiago”.

Posteriormente fue herido en el combate de Manchalá, en mayo, y como no tuvo una buena recuperación tuvo que bajar del monte y fue reemplazado [9].

Irurzún decidió replegarse rápidamente siguiendo la doctrina de que la guerrilla no debe empeñarse en un combate que no ha elegido previamente en tiempo y lugar. No obstante no se fue muy lejos.

Para mí, al llegar al Hospital Militar de la ciudad de Tucumán, el combate de Pueblo Viejo había terminado. 

Pero no terminó para el Equipo de Combate. 

Tiempo después los oficiales me relataron lo que sucedió después de la evacuación de los heridos y los tres muertos (el Teniente 1ro Cáceres y dos guerrilleros cuyos nombre eran Laser y Toledo).

Un helicóptero regresó trayendo al Teniente Iglesias, del RIM 20, que se agregó como reemplazo del Subteniente Arias.

En el lugar del combate se recogieron dos fusiles FAL y un cargador de una pistola ametralladora PAM, arma que habría pertenecido a un tercer guerrillero muerto, conocido como “Carlos”, que cayó herido al río y la correntada se llevó su cuerpo.

Luego del combate un tercio de la munición estaba consumida. 

Jones ordenó desarmar las cintas de de las ametralladoras pesadas (MAG) y entregar cinco proyectiles a cada soldado.

Aprestados nuevamente los efectivos, se inició la marcha de regreso. 

Estaba oscureciendo cuando en un claro de monte el Subteniente Martínez Segón que se desempeñaba como “punta de infantería” detectó el dispositivo de una emboscada enemiga.

Inmediatamente se batió la zona con disparos reunidos de FAL que los oficiales marcaron con munición “trazante” [10].

Descubierta la emboscada esta perdió su gran efectividad: la sorpresa. Los guerrilleros se dieron a la fuga.

El Equipo de Combate continuó la marcha y llegó a la zona donde había dejado los vehículos, a las 23 horas.

Para llegar a Los Sosa la columna de camiones pasó por Monteros, la localidad que está sobre la ruta 38. 

Era carnaval. Los hombres pudieron observar los bailes y escuchar la música. 

El mundo seguía andando ajeno a los hechos de violencia y muerte ocurridos no muy lejos de allí.

Al llegar a la Base el Equipo de Combate formó en cuadro a la luz de la luna. 

Se rezó por las almas del Teniente 1ro Cáceres y de los otros muertos, y se pidió a Dios por la recuperación de los heridos.

La formación concluyó con un ¡¡Viva la Patria!!

Al día siguiente el Equipo de Combate volvió al monte donde permanecería hasta el mes de julio de 1980. 

La Fuerza de Tarea Chañi cambió de nombre y pasó a llamarse “Capitán Cáceres” [11].

Pero ¿Qué pasó con la “Compañía de Monte”? 

Probablemente esa noche se reorganizó y prosiguió su marcha hacia el sur, afuera de la zona de operaciones del ejército para que éste “cayera en el vacío”.

Pero el plan del ejército en 1975 era distinto al de 1974. 

No tenía previsto retirarse de sus objetivos independientemente de la presencia o no de guerrilleros.

La “Compañía de Monte” no podía estar indefinidamente fuera de la zona donde se estuvo preparando tanto tiempo y que era cara a sus sentimientos revolucionarios. 

Volvió y en el transcurso de ese año y el siguiente se produjeron unos cien enfrentamientos, pequeños la mayoría de ellos salvo los de Manchalá y Acheral.

Para fines de 1975 la actividad de la compañía guerrillera era escasa y un año después casi había desaparecido.

El Combate del Río Pueblo Viejo no tuvo una importancia que llegara a modificar la marcha de las operaciones para ninguno de los bandos. 

Sí incidió en lo que hace al aspecto espiritual de la aptitud para el combate de los soldados. 

La propaganda del ERP fue desvirtuada. 

Ningún soldado murió o fue herido en ese enfrentamiento. Confiando en sus superiores se adaptaron rápidamente al terreno y combatieron con determinación.

El ejército perdió un brillante oficial pero su muerte heroica no fue olvidada y ha quedado como ejemplo de valor y camaradería. 

Tucumán también lo recuerda dando su nombre a un pueblo que el ejército construyó en las proximidades del lugar al año siguiente.

En lo estrictamente personal tuve una enseñanza de vida. 

El hombre de carácter difícil con el que alguna vez tuve un roce y que alguna vez también despertó mi desconfianza murió en el intento de salvarme.

Él constituye también un pequeño rincón, ignorado para muchos, inolvidable para unos pocos, de la historia argentina.

1.- Partido Revolucionario de los Trabajadores. 

Resoluciones del V Congreso y de los Comité Central y Comité Ejecutivo Posteriores. 

Ediciones El Combatiente, Buenos Aires, 1973, pp. 83-87

2.- El PRT se fundó en mayo de 1965 a partir de la confluencia del FRIP (Frente Revolucionario Indo Popular) y PO (Palabra Obrera). 

El FRIP se gestó en las provincias de Santiago del Estero y Tucumán. 

En su seno convivían tendencias distintas que fueron evolucionando desde el nacionalismo hacia el marxismo. Entre sus referentes estaba Mario Roberto Santucho, posteriormente el máximo líder del PRT-ERP. 

El PO era una organización trotskista. Al principio prevaleció el trotskismo del PO pero luego, a partir del IV Congreso partidario, comenzó a imponerse la línea marxista leninista. (Ver Dirección del Partido Revolucionario de los Trabajadores. 

Historia del PRT, 25 años en la vida política argentina. 

Editorial 19 de julio, Buenos Aires, 1990).
3.- Acción insurreccional acaecida tras una huelga de trabajadores industriales y estudiantes ocurrida en la ciudad de Córdoba el 29 de mayo de 1969.

4.- El obrero con “conciencia de clase” es el que entiende que su lucha no es por meras reivindicaciones salariales sino que tiene un carácter exclusivamente político y que busca el triunfo sobre la burguesía y la toma del poder.

5.- Luis Mattini. Hombres y mujeres del PRT-ERP, de Tucumán a La Tablada. De la Campana, Lanús, 2003. p. 289.

6.- Las unidades de la Vº Brigada tenían sus asientos en las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy.

7.- Especialidad que capacita para realizar operaciones de paracaidistas, monte, localidades y zonas áridas.

8.- Así lo consignó la revista Estrella Roja del mes de marzo de 1975 que editaba el ERP. En la misma también se rindió homenaje a sus caídos señalando el valor demostrado ante la emboscada enemiga.

9.- Gorriarán Merlo, Enrique. Memorias de Enrique Gorriarán Merlo. De los setenta a La Tablada. Planeta, Buenos Aires, 2003, pp. 266-267.

10.- Munición que marca en forma incandescente toda su trayectoria y el lugar de impacto.

11.- A su vez el Equipo de Combate del GAM 5 pasó a llamarse “Pueblo Viejo” y el del RIM 20 “Los Sosa”.


Rodolfo Richter
Teniente Coronel (R)

RODILLAS NEGRAS

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